¿A dónde va a parar lo que no nos sirve?

Formamos parte de una sociedad basada en el consumo en lugar de en la necesidad. En la que cuantas más cosas poseemos y de mayor valor económico, hacen que sintamos que tenemos un mayor estatus social. ¿Es esta una sensación real? Nos gusta compararnos con amigos, compañeros de profesión o vecinos mostrando aquellos bienes que adquirimos, y de los que nos sentimos orgullos, ya que evidencian que las cosas nos van muy bien. 

Pero, ¿nos hemos preguntado alguna vez dónde van a parar todas esas cosas que nosotros desechamos? Pocas han dejado de funcionar o no funcionan correctamente, sin embargo, la mayoría aún están operativas.

En algunos casos utilizamos los portales de venta de segunda mano para darles una nueva vida a esos objetos que nosotros no vamos a utilizar más. En otros casos directamente los depositamos en contenedores que dicen garantizarnos esa segunda vida para ellos, bien porque se van a gestionar de manera responsable atendiendo al tipo de residuo que se trate, o bien porque se van a enviar a países en vías de desarrollo donde van a ser utilizados.

Dice Richard Buckminster Fuller que ‘la contaminación no es otra cosa que los recursos que estamos desperdiciando. Permitimos que se dispersen porque ignoramos su valor’. Ciertamente para nosotros ya no tiene el valor que deseamos y se abre una ventana de oportunidad para ese objeto, que para otra persona puede cubrir su necesidad.

En el caso de los dispositivos tecnológicos es posible darles una segunda vida, sin embargo, cuando ya no funcionan o se consideran obsoletos, ¿Qué ocurre con ellos?, ¿a dónde van a parar?, ¿hay establecido algún método de reciclaje para esos materiales?

Hace unos años, por ejemplo, en el caso de los teléfonos móviles se intentaba recuperar el coltan que se utiliza en su fabricación, y había empresas que se dedicaban a comprar a los usuarios sus viejos terminales para la recuperación de este mineral. El coltan es un mineral de color negro o marrón oscuro, compuesto por colombita y tantalita que se utiliza en microelectrónica, telecomunicaciones e industria aeroespacial. Es muy escaso y apreciado. El Congo posee el 80% de las reservas mundiales y su cotización esta en torno a los 180€/kg. Hoy en día, aunque se sigue recuperando ya no se ofrece ningún valor económico al usuario, ya que voluntariamente los desechamos en los contenedores de recogida, y es aquí donde las empresas hacen compras por peso de los terminales depositados. Los desechos de estos teléfonos se unen a los ordenadores de sobremesa o portátiles y a los servidores, y son enviados a los denominados vertederos tecnológicos donde se apilan sin que nadie haga nada con estos residuos. 

En Ghana existe uno de estos vertederos, al que tanto Europa como Norte América envía su chatarra tecnológica, y la situación no puede ser más dramática.

Vertederos Ghana

En este territorio de Acra y cerca de la zona comercial, viven unas 120.000 personas en chozas. Los habitantes separan lo que se puede reutilizar y el resto o bien lo dejan o lo queman, generando inmensas nubes de humo contaminante de la quema del pvc cuya inhalación es especialmente tóxica. Además, al quemarlos estos dispositivos tienen otros minerales como berilio, cadmio o mercurio, que pasan al subsuelo, y más aun con la lluvia, llegando a los ríos cercanos en los que antes había animales, y que ahora discurren como una corriente negra insalubre que además irradia contaminación a las tierras circundantes, imposibilitando el cultivo de las mismas o cuyos productos tienen altos índices de toxicidad.

La UE prohíbe enviar esta basura, pero estos materiales siguen entrando como productos de segunda mano, llegando a su puerto constantemente contendores cuyo contenido acaba siendo quemado.

MAS PERIODICO el vertedero de basura electrónica de Accra, en Ghana
FOTO Angelo Attanasio

Algo parecido está sucediendo con la ropa. La industria textil se ha convertido en una de las fuentes más contaminantes del planeta. Cada año se venden 80 millones de prendas en el mundo y solo en España cada persona desecha unos 7kg al año. Donar, reciclar o revender, algo que intentamos como consumidores concienciados ya tampoco es suficiente. El origen de este problema está en lo que se ha denominado como ‘fast fashion’, ropa que satisface la moda a precios muy asequibles, con la velocidad que impone dicho mercado. 

Pero, ¿qué hacemos con todo aquello que ya no queremos y que tampoco podemos vender? Hasta ahora la donamos a asociaciones benéficas. Mucha de esta ropa se ha estado enviando a Africa, pero ya países como Ruanda, en los que está emergiendo una industria textil propia, quieren protegerla, y ya no desean que Europa o Norteamérica les envíe más contenedores cargados de ropa.

Tampoco es solución tirarla a la basura ya que las fibras sintéticas producen al degradarse metano que elevaría el efecto invernadero, y otros componentes que pasarían al subsuelo contaminando la tierra, los acuíferos y los ríos.

Algunas marcas han sacado iniciativas de reciclaje. Les llevamos la ropa que ya no usamos y las depositamos en sus contenedores, y son ellos los que en sus industrias textiles se encargan de reciclarlos para generar nuevas prendas. Esta puede ser una solución transitoria, en la medida que por otro lado los ciudadanos nos concienciemos de un consumo responsable de los productos de la industria textil, de manera que podamos seguir la moda, pero de una forma más sostenible.

Las personas hemos de mostrar un compromiso con el planeta si queremos protegerlo, en caso contrario hemos de pensar que por ejemplo Martin Cruz Smith tiene toda la razón al manifestar que ‘la actividad humana es peor para la naturaleza que el mayor accidente nuclear de la historia’.